Me gusta pensar la astrología como un campo artístico, como un espacio donde los arquetipos se encuentran e interactúan para generar creatividad. A veces hay tensión, otras fluidez, pero siempre hay una apertura a nuevas miradas.
Al momento de nacer, los planetas están danzando. Y nuestra carta natal es una foto de esa danza, del gesto de los planetas en el momento en que nacimos. Cada uno de nosotros representa un momento del universo.
Si el universo bailaba clásico, naceremos en puntas de pie. Si en cambio bailaba punk, seremos aficionados al pogo. Da igual: la vida siempre nos da la bienvenida.
Pero enseguida aparecen los otros. Salimos de la panza de mamá y está toda la familia esperando. Cada uno con su carta natal, cada uno con su baile. Y todos quieren que aprendamos a bailar como ellos; el abuelo quiere foxtrot y la tía unos boleros.
En esa tensión, en ese encuentro-desencuentro, en esa maravilla que llamamos familia, la creatividad se hace inevitable. O aprendemos a bailar otros ritmos y los unimos al nuestro, evolucionando hacia nuevos flashes, o quedamos aislados, haciendo un pogo solitario o danzando con el espejo.
Luego vendrá el encuentro con la sociedad y será parecido. Habrá que aprender a encajar o quedar afuera. O, si uno es muy osado, inventar un nuevo ritmo que seduzca a la multitud y la invite a bailar. En ese caso, el mundo se adaptará a nosotros: estaremos haciendo lo que amamos.
Pero el verdadero desafío no es la familia ni la sociedad, es la integración interior de todos nuestros planetas. El desafío es que todos nuestros músicos interiores aprendan a tocar la misma canción, sea punk, tango, bolero o reggae. Para eso es necesario mucho silencio, mucha auto-observación, y luego, mucha creatividad.
Ser coherentes con el momento en que nacimos y desplegarlo de la manera más pura es una tarea de verdaderas guerreras o guerreros. Desplegar nuestros dones artísticamente, sin interferencias, unificando las contradicciones, venciendo al miedo, no parece un camino sencillo. Pero sí, es un camino necesario. Y no solo eso: es nuestro único camino verdadero.
Lo bueno es que tenemos un poderoso aliado: el universo. La cúpula celeste, de punta a punta, apoya que seamos esa foto del comienzo, esa danza grabada en el alma, ese momento en que nacimos, desplegada en su mayor potencial. Si aprendemos a hacerlo, el universo evoluciona.
Porque el universo no es otra cosa que nosotros mismos.
Conocer nuestra carta natal, creo, es el principio del juego. Es el primer paso. Es como ir comprar pinceles, óleos y una tela antes de comenzar a pintar. Es el mapa del camino.
Luego viene el desafío: la aventura creativa de ser coherentes con lo que somos, con el momento en que elegimos nacer.
Luego viene el desafío: la aventura creativa de ser coherentes con lo que somos, con el momento en que elegimos nacer.
Habrá que desplegar un arte de equilibrios, de contrapesos, de pruebas y errores, de agresividad y relajación, de tormentas y sonrisas, de rupturas y enamoramientos. Habrá que sintetizar un camino que incluya todas las fuerzas, todos los colores, todas las miradas. Tendremos que ser creativos y valientes, sabios e improvisadores, o si lo prefieren, sencillamente humanos, en el sentido más profundo de la palabra.
Lo que quede, si sobrevivimos, será una obra de arte. Un individuo digno de este planeta azul, mágico y acuoso. De esta bolita tan pequeña que parece una idea al gestarse. Una idea que podrá deshacerse en el camino, o cambiar para siempre las cosas.
Adrián de los planetas
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